¡Levanten la cabeza! 1er. Domingo de Adviento Ciclo C (Lc. 21, 25-28.34-36)

(Artículo Publicado en: El Domingo, Año 59, No. 48. Autor: P. Francisco Alcaraz ssp)
"Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas" (Lc. 21,25)
La Palabra de Dios, es palabra de aliento y esperanza. Y buena falta nos hace en nuestros días una dosis de esperanza. Porque a veces andamos apesadumbrados con la cabeza baja. La cosa no es para menos: nuestros tiempos de crisis, de confusión a todos los niveles. Y ante un futuro incierto optamos por lo más seguro, lo de siempre, lo que no tenemos y nos aferramos a ello. Pero el tiempo no se para. Ante el futuro que se avecina -ahora que estamos litúrgicamente abriendo el adviento-, la única seguridad es la aventura y el riesgo de la fe. Porque la fe no es seguridad, sino confianza en la palabra de Dios, que es promesa de salvación.
Jesús anima a sus discípulos, pues ellos están abatidos, cabizbajos y mudos por el anuncio de la pasión y destrucción del templo. Jesús los invita a mirar con serenidad y confianza el futuro: "Habrá señales...". El anuncio de catástrofes en el cielo y en la tierra refleja claramente el estado de animo del evangelista tras la destrucción de Jerusalén. Pero tras este lenguaje (apocalíptico) de horror y confusión emerge como rayo de luz el anuncio de la buena noticia. Porque el evangelio de hoy no es el anuncio de la destrucción del universo, sino una llamada a pesar de todo.
"Levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación". El evangelio de éste domingo refleja casi literalmente la situación que estamos viviendo en nuestros días. Vivimos en un ambiente en que se respira incertidumbre y pesimismo. Hay señales de desolación y desesperanza por tanta matanza como ocurre en nuestra patria a diario, el hambre en el mundo, la falta de trabajo, el subdesarrollo de la mayoría, la pobreza de almenos la mitad de todos los mexicanos, el terrorismo, el secuestro, la droga, los narcos... Demasiadas señales de injusticia. Sin embargo, hay también señales de esperanza.
Gestos de solidaridad, de cooperación, de preocupación y lucha por la justicia y la paz, muchas señales positivas. De modo que hoy podemos entender el anuncio del evangelio como el anuncio del fin del mundo injusto y cruel, como el que conocemos y esperar con ilusión la aurora de un mundo nuevo, más justo, más humano, más hermoso y en paz para todos, como todos deseamos.
"Estén alerta... que los vicios no entorpezcan su mente". Pero ese mundo que no nos gusta y que denunciamos es el mundo que tenemos que cambiar. Ese mundo que soñamos es el que tenemos que construir. La promesa de Dios no es un pretexto para cruzarnos de brazos y despreocuparnos de todo, esperando ingenuamente que Dios lo haga todo. Al contrario, el Evangelio es una invitación a la esperanza y a la acción responsable. El Reino de Dios que se anuncia es el reino que Jesús dijo que estaba dentro de nosotros.
Porque dentro de nosotros Dios ha puesto la inteligencia, la imaginación y la buena voluntad, capaces de cambiar el mundo de arriba abajo. Lo que hace falta es que el Reino de Dios, escondido en nosotros, aflore al exterior en obras de justicia, de solidaridad, de paz, y no de explotación, de dominación, violencia y muerte.
La buena noticia de un futuro feliz nos debe poner en actitud de vigilancia y de responsabilidad durante este adviento, pues somos responsables del presente y del futuro de nuestras vidas y la de nuestros hijos. Por eso, tenemos que ocuparnos y preocuparnos para que todo suceda de modo que nazca el mundo que deseamos. Pero el Evangelio es también una llamada a la confianza, para que desterremos todo temor y la obsesión del futuro. No sea que angustiados por el porvenir dejemos de ser generosos y caigamos en la tentación derrotista, entregándonos al vino, a la droga, a disfrutar de nuestro propio bienestar, indiferentes ante la suerte de los demás.
Comentarios > Ir a formulario



